
Andrés Iniesta (Fuentealbilla, Albacete; 40 años) vive como jugaba. Habla con la misma pausa y dulzura con la que amagaba el balón. Siempre tuvo la determinación de mirar hacia delante, de acabar la faena, de rematar lo emprendido. A los 12, cuando dejó su casa por voluntad propia para hacerse futbolista, y a los 24, cuando le sacudió una oscuridad que no esperaba. Hoy habla de esos miedos y dudas que asomaron al tiempo que los culés gritaban el golazo de Stanford Bridge y todos los españoles al unísono celebraban el otro gol de su vida, el que marcó con la camiseta de España en Sudáfrica. El que lo hizo inmortal. Y tan humano al mismo tiempo. Una depresión le había atropellado en 2009, el año en que murió su amigo Dani Jarque. Y de ella habla en un libro, La mente también juega (Ed.Espasa, 2025), que le ha traído hoy de vuelta a Barcelona por Sant Jordi. “Siempre me he sentido cómodo hablando de ello. Nunca he tenido pudor en hablar de cosas que no han sido de color de rosa en mi vida. Forman parte de mí”, se confiesa.


