“Si llevan un par de horas en Toledo, se habrán dado cuenta de que no van a descubrir esta ciudad en un día”. En la céntrica plaza Amador de los Ríos, mientras varios jóvenes se turnan al piano interpretando melódicas y reconocibles partituras de Ludovico Einaudi —se celebra el programa Pianos en la calle—, una guía de turismo rebaja las expectativas de un grupo de visitantes, hasta ese mismo instante ansiosos por comerse (turísticamente hablando) la antigua capital imperial de un solo bocado. En absoluto lo van a conseguir. Y no ya porque la metrópoli, patrimonio de la humanidad desde 1986, disponga de un centenar de edificios protegidos en su casco histórico. La verdadera razón es que los toledanos les han reservado un críptico regalo, una sorpresa difícil de intuir.
