Hay algo inquebrantable en la voz de una madre atravesando una llamada. No importa cuántos kilómetros se interpongan ni cuántos años hayan pasado desde la partida de casa; hay una frecuencia afectiva que resiste el tiempo, los cables y hasta las diferencias horarias. En un mundo cada vez más dependiente de señales, una voz entrecortada, una cara borrosa o un mensaje transmitido a medias puede ser frustrante, sobre todo cuando se trata de la comunicación entre madres e hijos.
