La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca por segunda vez ha sido como una inyección turbo en el motor que mueve la agenda migratoria. Y en Texas, el acelerón ha sido evidente. Tras menos de una semana desde la toma de posesión, en el Estado, que es probablemente el mayor bastión republicano del país, han despegado los primeros aviones militares llenos de migrantes deportados, se han llevado a cabo redadas migratorias con agentes de múltiples cuerpos de seguridad y se han enviado cientos de soldados especiales y varias aeronaves para apoyar a la Patrulla Fronteriza. Promesas cumplidas, dice con satisfacción el presidente.
