Carlos O. N. tiene 44 años y trabaja en Metro de Madrid. Lo hace desde hace 10 años en el turno de noche. Antes había ejercido otro lustro en el de tarde-noche, cerrando su jornada a las dos de la madrugada. Cuenta a EL PAÍS que duerme entre cinco y seis horas al día, aunque llegar a seis, matiza, es algo casi excepcional. “En todo caso me da la sensación de que da igual las horas que duermas, porque nunca son tan reparadoras. Dormir de día no produce el mismo descanso que hacerlo por la noche”, afirma. En el trabajo, explica, es habitual que la primera conversación que tienen los compañeros del turno de noche sea sobre las horas dormidas. Por regla general, pocas y de mala calidad. “Vas un poco a la contra de la vida normal de la sociedad. Y si te quieres adaptar a ella, es a base de pasar sueño, así que vas arrastrando un déficit de sueño que hace mella al cuerpo. Con el paso de los años he ido notando un deterioro bastante significativo”, añade.
