Un muchacho de cabello largo y mochila irrumpe en la calle Hatun Rumiyoq, a pocos metros de la Plaza Mayor del Cusco. Es la madrugada del martes y los comerciantes de artesanías ya se han marchado. El sujeto saca un martillo de su mochila, lo coge con la mano izquierda y golpea, con fiereza, uno de los mayores atractivos turísticos del país: la piedra de los doce ángulos, una joya arquitectónica que compone lo que fue el palacio de Inca Roca, quien gobernó el curacazgo del Cusco entre 1350 y 1380. Un monumento histórico, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1983, que se ha convertido en un retrato obligado para los viajeros nacionales y extranjeros.
