Me imagino que, tal y como me pasó a mí, mujeres de todo el mundo consumieron con igual deleite que asombro el documental que hace unos meses se estrenaba en Netflix Soy Martha Stewart, relatado en primera persona por la propia Martha. Digo “desde el asombro”, porque es posible que muchas se toparan por primera vez con la historia de la excéntrica figura que revolucionó la visión que el mundo tenía de las tareas que conforman el universo de la gestión doméstica. Para las nacidas más allá de los noventa el nombre de Stewart podría estar vacío de significado… hasta que el documental volvió a ponerla en el punto de mira y esta vez, no para sorprendernos con una nueva versión del soufflé de chocolate, ni para instruirnos en el arte de integrar elementos comestibles en los centros de mesa (destrezas, por otro lado, nada despreciables), sino para compartir con el mundo su versión de cómo se sucedieron los acontecimientos que la llevaron a degustar una carrera empresarial con igual presencia de dulces que de amargos.
